Escribí cuarenta y cuatro años antes de publicar un libro
No por falta de páginas. Tengo miles.
Fue por algo más lento y más difícil de explicar: la certeza de que una obra se
termina cuando está lista, aunque la vida entera se acomode alrededor de esa espera.
Esta es la historia de cómo un cuaderno escrito a mano en 1982 llegó hasta aquí.
La cuento con los papeles sobre la mesa, porque casi todo lo que digo tiene un sello,
una fecha y un matasellos que lo sostiene.
1982
Un restirador junto a la ventana
Escribía de madrugada. Tenía un restirador pegado a la ventana, en casa de mis
padres, y ahí, cuando la casa se quedaba en silencio, salían las páginas a mano,
sin plan y sin destinatario.
De esas noches nació La Rosa y la Estrella, entre 1982 y 1985. Y nacieron
también decenas de versos que nunca salieron del cajón, de un tono muy distinto al del
libro: más irónicos, más desengañados, más jóvenes.
“hoy llegas a casa y… y no te espero”
De aquellas libretas hablaré más adelante.
1985 — 1990
Los pergaminos del puerto
Viví en el puerto de Veracruz mientras estudiaba. Para sostenerme hacía pergaminos
a mano: versos y pensamientos que la gente compraba para regalar, y también diplomas
y certificados por encargo.
Fue mi primer oficio con las palabras, y me enseñó algo que sigo creyendo: una
frase vale cuando alguien siente la necesidad de dársela a otro.
2002
Dos ejemplares en un sobre
Veinte años después de escribirlo, escribí a máquina la solicitud de registro y
mandé a la Ciudad de México dos ejemplares de la obra. En el renglón donde pedían
decir de qué se trataba, puse lo que entonces me pareció la verdad más simple.
No he cambiado de opinión desde entonces.
“La Rosa y la Estrella es una obra de reflexión del espíritu y del
corazón dirigido a la humanidad, para soportar y enfrentar con valor y paciencia las
tribulaciones de esta vida terrenal.”
2003
El sobre que volvió sellado
El certificado se expidió el 17 de enero. La respuesta llegó dentro de un sobre
amarillo con veinticuatro pesos de franqueo, sellado por la oficina postal el 19 de
febrero, marcado registrado el 21, y con el matasellos de llegada a Poza Rica
del 4 de marzo.
Ese sobre lo conservo. No es el que mandé: es el que me regresó, con la prueba
adentro.
Ese papel decía que la obra existía. No decía que alguien fuera a leerla.
Ahí se quedó, guardada, otros veinte años.
Es la parte de mi historia que más me cuesta contar: no la falta de talento ni de
disciplina, sino la distancia enorme que hay entre terminar algo y atreverse a
soltarlo.
19 de febrero de 2003 · Ciudad de México4 de marzo de 2003 · Poza Rica
Mientras tanto
La vida que sostuvo la escritura
Trabajé en distintos caminos: banca, gobierno, algunos emprendimientos.
Sin lamentarlo, porque eso sostuvo todo lo demás.
De los años en la banca me quedaron cosas que hoy están en lo que escribo para
niños: lo que aprendí del dinero, y sobre todo lo que aprendí del miedo de la gente
que llegaba a resolver su vida en veinte minutos.
Casi ningún escritor vive de escribir. Prefiero decirlo que fingir lo contrario.
El manuscrito seguía ahí, en su carpeta, esperando sin prisa.
En 2019 se detuvo. Y lo guardé todo.
Octubre de 2019
Frente al mar
Estaba en la península. Una noche, frente al mar, terminé una versión mucho más
larga de la obra: seiscientas sesenta páginas. La guardé en la computadora con la idea
de registrarla en cuanto pudiera.
“Bajo el sereno de la noche, frente al mar, terminó esta historia.”
Vino la pandemia. Vinieron los viajes de trabajo. El registro se fue quedando para
después.
Diciembre de 2024
Lo que se salvó y lo que no
El 4 de diciembre mandé a registrar El Vuelo de la Conciencia y el Grito del
Mar: novecientas sesenta y nueve páginas sobre el mar y sobre lo que le estamos
haciendo. El certificado me llegó el 17.
El 20 se quemó el disco duro.
Se salvó el libro, porque ya estaba registrado: el archivo seguía en el sistema y
pude descargarlo. Se perdieron los manuscritos de trabajo.
Y se perdió lo otro: la expansión de La Rosa y la Estrella.
Seiscientas sesenta páginas.
Sin copia.
Pensaba llevarla al Instituto en marzo.
Y algo más:
otros textos, otras historias
que también se fueron.
De todo lo que aquí cuento, es lo único que no puedo mostrar.
Todavía no me rindo con ese disco.
Ocho días después, el 28 de diciembre, abrí un sitio propio para
El Vuelo de la Conciencia: para publicarla y pedir ayuda con la impresión.
2025
Dos mil quinientas visitas
Llegaron dos mil quinientas sesenta y dos visitas al sitio.
No llegó ni una sola donación.
Dejé de pagarlo en octubre.
Lo cuento porque forma parte de la historia tanto como lo demás: escribir cuarenta
años sin publicar no es una espera elegante. Son fracasos concretos, uno tras otro.
Y al día siguiente yo seguía escribiendo.
Octubre de 2025
El día que el agua llegó
Una parte de mi ciudad quedó bajo el agua.
Se perdió la casa de mis padres
—la del restirador junto a la ventana, donde empezó todo—
y con ella, mis papeles de juventud:
libretas e historias inéditas
que hoy solo conservo en la memoria.
Sueños, ilusiones y esperanzas, en el sentido más literal: estaban en papel, y el
papel se deshizo. Las historias siguen en mi cabeza. No es lo mismo, y no voy a decir
que lo sea.
Sobrevivió lo que estaba lejos:
el sobre amarillo de 2003
y todo lo que venía dentro.
El certificado. La solicitud sellada.
Las hojas del original.
Llevaba cuarenta años escribiendo sobre el agua y sobre lo que le hacemos. Ese
octubre dejó de ser una fábula.
Ese mismo día terminé 500 Años Después — La carta que el plástico escribió.
No lo planeé así: simplemente ya no había nada más que agregar. Es la carta de un
material que nos sobrevivió, encontrada cinco siglos más tarde por alguien que ya no
puede preguntarnos nada. La empecé como advertencia. La terminé como testimonio.
En febrero de 2026 llegó su certificado. Lo guardé pensando en todo lo que ya no
tenía certificado.
2026
Volver al cuaderno
Volví al manuscrito de 2003.
El que sí existía.
Lo leí como si fuera de otro, porque en cierto modo lo era. Casi todo seguía en pie.
Le devolví frases que se habían quedado fuera y le puse el final que le faltaba: un
diario en quince estaciones donde el lector escribe lo suyo. Porque este libro no se
lee de corrido: se abre por donde uno lo necesita.
Ciento setenta y cuatro páginas.
Sesenta y tres palabras,
ordenadas para que nadie tenga que empezar por el principio:
se busca la que hace falta hoy
y el libro se abre justo ahí.
Y vuelvo al mismo Instituto,
con dos ejemplares impresos bajo el brazo.
Como en 2002.
Esta vez, para registrar lo que ya está terminado.
Cuarenta y cuatro años después, La Rosa y la Estrella está lista.
Y detrás vienen las otras.
De dónde viene el nombre
Hermes Antares
Hermes fue, en los relatos antiguos, el que lleva los mensajes. No el que los
inventa: el que los cruza de un lado al otro y los entrega.
Antares es una estrella roja, la más brillante del Escorpión. Ese rojo —el de la
rosa, el de la pasión universal— es la estrella que le habla a la rosa. La que está
siempre ahí, mientras uno mira al cielo esperando el mensaje.
El que entrega, y la que habla desde lejos.
Mi nombre es el libro que llevaba cuarenta años escribiendo.
La regla de todo lo que escribo
La Ley del Saco
Hay una sola regla que gobierna todo lo que escribo, y le puse ese nombre hace mucho:
escribir para todos al mismo tiempo, sin destinatario fijo. No pensar en la edad del
lector, ni en su credo, ni en si el libro cabe en el estante de niños o en el de
adultos.
Un saco no pregunta quién lo va a necesitar. Solo está abierto.
Por eso mis libros no se anuncian como infantiles, ni como espirituales, ni como
ecológicos, aunque sean las tres cosas. Están escritos para quien todavía conserva ojos
de asombro y un corazón dispuesto a recordar. Esa es toda la audiencia que me
interesa.
Me formé leyendo a Gibran y la Biblia: de ahí viene la frase corta, la parábola, el
hablar de lo grande con palabras sencillas. Después llegaron los mitos —los griegos, los
mayas, las enseñanzas de Buda, los textos que se atribuyen a Hermes Trismegisto— y, con
ellos, los autores que se atrevían a preguntar lo que no se pregunta. De los primeros
aprendí que una historia puede guardar una verdad durante siglos. De los segundos, que
dudar en voz alta también es una forma de fe.
De ahí salió el tono: mitad fábula, mitad conversación en voz baja.
Escribí estas páginas sin saber para quién.
Cuarenta y cuatro años después, resulta que eran para ti.